Cuando el amor sostiene la vida a los 90 años

Golde y Salomón juntos desde hace 54 años.

Sus cuerpos se mueven juntos, cada uno a su ritmo y posibilidades.  Ella tiene 85 años y él,  90. Son Golde Teich y Salomón Feldman, una pareja que lleva 54 años de casados y mira hacia el futuro. 

Desde el living de su casa se llenan de energías a medida que levantan y bajan los brazos, estiran las piernas, miran al cielo y hacen torsiones durante la clase de Chi Kung que les da Jorge, el profesor particular, dos veces por semana. Están parados uno al lado del otro con sus equipos de gimnasia y las remeras energéticas pintadas por Andrea su hija artista plástica residente en Méjico. Respiran profundo y se balancean en una danza lenta que los acerca y los retira. “El vuela, se deja llevar y ella tiene los pies en la tierra, es concreta y directiva. Con él trabajo lo lúdico, con ella, los ejercicios todo en la misma clase, tienen una química que les permite integrarse en la diferencia”, cuenta Jorge. Según dice, son el Ying y el Yang, la unión dentro de la diferencia, plasmada desde el diálogo.

“Así estuvimos toda la vida, juntos, pero no pegoteados, y así fue siempre. Cada uno con lo suyo pero unidos” dice Golde quien enamoró a Salomón con su título de médica y de tanto ir a su farmacia de la Juan B. Justo. Ella ya no recuerda detalles de esos días de novios pero sí sabe que la sedujo su bondad, “el verlo tan buen tipo”.

El amor para ellos es simple y es esencia. “No te podemos decir qué nos mantiene unidos, somos unidos y así hemos vivido siempre”, aclaran.  Las flores no llegan el día de los enamorados,  pero sí el 23 de septiembre para el aniversario de casados. Tampoco se dicen piropos pero la tolerancia, el humor y la paciencia son las mejores palabras de amor que se regalan todos los días. Comparten amigos, salidas y sus recorridos personales que son bien distintos. Uno lee la vida de Urquiza y la otra Cómo envejecer sin ser viejos de Ander Egg.

A él le gusta la jardinería y a ella, el teatro y mientras les den las fuerzas dicen, seguirán aprendiendo cosas nuevas en las aulas del CEPRAM. “A veces nos cuesta salir, pero vamos igual porque tenemos nuestros amigos y profesores. Ojalá este año podamos seguir, reflexiona ella, consciente de la limitaciones que el cuerpo les impone y que la mente se empeña en superar. Se proyecta con sabiduría con planes posibles para ellos, a corto plazo, pero planes al fin. Sabe que el horizonte los hace caminar y allí va con él de la mano. “Tenemos una lucha de los dos por seguir con vida, el y yo los dos juntos”. 

El tiempo es como el enorme reloj que  Salomón tuvo colgado durante 34 años en su farmacia y que hoy adorna el living. Grande e inexorable y lo saben. Ya no corren tras él, más bien lo enfrentan con creatividad, con voluntad y con el sostén mutuo. “Porque si bien, yo soy la que organiza todo en la casa, la que dirijo, a su lado siento protección. El me proteje, yo lo cuido. Por eso quiero que se convenza que tenemos futuro, juntos. Cada día es un empezar de nuevo el con 90, yo con 85”.

Y mientras ella habla, él la mira, sonríe, hace muecas y se sonroja cuando ella le recita:

“y te amo, y en mis locos

y ardientes desvaríos

bendigo tus desdenes,

adoro tus desvíos,

y en vez de amarte menos

te quiero mucho más”, de Manuel Acuña, Poema a Rosario.

Blanca Córdoba