Nuestros hijos, tras la partida

Un estudio cualitativo y cuantitativo realizado por el grupo Alas del CEPRAM reveló que la mayoría de la población encuestada tiene un buen pasar económico. Sin embargo, casi la mitad tiene firmes intenciones de volver en algún momento a radicarse en Argentina.

Como gaviotas, emigraron por la necesidad objetiva de trabajar. Enamorados de su patria, dejaron sus amores, hijos, padres, hábitos y deseos cambiados por diferentes circunstancias. El desarraigo es tristeza para muchos, es dejarse llevar por la vida. El esfuerzo de toda emigración es historia, duelo, conflictos, proyectos, encuentro con lo desconocido, curiosidad, ansiedad, miedo, aprendizaje y desaprendizaje. Significa también nostalgia, cambios y adaptación.

Padres integrantes del grupo Alas del CEPRAM, coordinados por la Licenciada Raquel Sans, investigaron a través de encuestas, la situación actual de sus hijos que partieron al extranjero.

Uno de los datos más relevantes del estudio es que el 63 por ciento de los jóvenes con sus papeles en regla, tiene la posibilidad de ahorrar y enviar dinero a sus padres e hijos, luego de llegar a sus nuevos destinos. El resto tiene un ingreso “suficiente para vivir”. Trabajando incansablemente, pueden tener una buena calidad de vida. Cabe destacar que el 70 por ciento de estos emigrados está como residentes legales, ya sea a través de visas o nacionalizándose.

No obstante las ventajas económicas que se le ofrecen en el extranjero, casi la mitad (47%) de ellos tiene intenciones de volver, mientras que un 30% no lo haría, de acuerdo al trabajo. Sin embargo, varios de los que regresan, tienen grandes dificultades en la inserción laboral. La ilusión del regreso choca con la realidad local.

Por otra parte, el país receptor generalmente cumple las expectativas de trabajo de los emigrados en casi el 90 por ciento de los casos. Para los investigadores, esta afirmación “es fundamental para echar por tierra muchas generalizaciones formuladas regularmente en comentarios cotidianos, y puntualmente en algunos medios de comunicación que sostienen la precariedad y el subempleo de todos los emigrados”. Este fenómeno se produce más bien en aquellos que carecen de títulos académicos, o de competencias específicas demandadas por los países receptores, según especifica el informe.

La adaptación a un nuevo país es todo un proceso cultural: desde idiosincrasias hasta olores y sabores diferentes y multiétnicos, provenientes de los lugares más diversos del planeta. Si bien, el país que acapara la mayor cantidad de emigrados es España, secundado por Estados Unidos (33% y 21% respectivamente), también Italia, Francia, Inglaterra, Canadá, Méjico, Alemania, Suiza, Chile y Brasil son destinos frecuentes para albergar a nuestros jóvenes. La distancia es enorme. Pero los modos de comunicación actuales son rápidos y factibles. El teléfono, los mails y el chat son los canales por donde ellos cuentan sus nostalgias, sus novedades y sus anécdotas.

La mayor parte de los que se van son personas jóvenes. El 64 por ciento tiene entre 26 y 35 años, destacándose además un alto nivel educativo, ya que el 77 por ciento tiene estudios universitarios.

Justamente, muchos de ellos son profesionales calificados. Más de la mitad se va por razones de trabajo o estudio. Esto responde a la realidad objetiva del país, de acuerdo a la investigación. A pesar de tener estudios, muchos jóvenes sufren la falta de oportunidades, tal como lo expresó un 47 por ciento de los encuestados. Asimismo, el tema de la inseguridad es un factor de gran incidencia: un tercio se quejó de los repetidos episodios violentos, la falta de confianza en las fuerzas de seguridad y en las empresas banquero-financieras. Además, señalaron un marcado hartazgo en la incoherencia de la clase política.

Con respecto a la posibilidad de encontrarse con la familia Argentina, un 86 por ciento contestó que sí. Además, el 60 por ciento ve a su familia en lapsos que oscilan entre uno y 12 meses. Cuando las visitas se espacian en el tiempo, el emigrante sufre la variación del entorno que dejó mucho tiempo atrás (la ciudad, el terruño, los amigos, etc). Y que a su regreso naturalmente ha cambiado.

Con estos datos, los investigadores del CEPRAM deducen que la emigración es considerada por un gran mayoría como “un hecho coyuntural, derivado principalmente de las condiciones económicas y sociales, y se piensa fundamentalmente como una salida para esta etapa de la vida”.

Esto nos hace penar que si nuestro país nos diese condiciones de estabilidad política, social y laboral, nuestros hijos no dejarían sus nidos vacíos y pondrían su confianza, esperanza y sueños, entramado con el amor a su país.